¿Qué implica?
Tener consideración a los oyentes, honrarlos.
¿POR QUÉ ES IMPORTANTE?
El respeto es un requisito cristiano
que contribuye a crear las circunstancias propicias para que los oyentes
acepten las verdades bíblicas que les enseñamos.
LAS Escrituras nos exhortan a ‘honrar a hombres de toda clase’ y a ‘no hablar perjudicialmente de nadie’ (1 Ped. 2:17; Tito 3:2). En realidad, todos los seres humanos con los que nos relacionamos “han llegado a la existencia ‘a la semejanza de Dios’” (Sant. 3:9). Cristo murió por cada uno de ellos (Juan 3:16). Y todos son dignos de oír las buenas nuevas para que puedan obrar en consecuencia y salvarse (2 Ped. 3:9). Ahora bien, hay quienes merecen especial deferencia por las cualidades que poseen o la autoridad que ostentan.
¿Por qué se retraen algunas personas
de mostrar la clase de respeto que la Biblia aconseja? Puede ser que la
cultura local dicte quién merece honra en función de su casta, color,
sexo, salud, edad, posición social o bienes materiales. La corrupción
generalizada que existe entre los funcionarios públicos ha erosionado el
respeto a la autoridad. En algunos países, la gente está muy
insatisfecha con su suerte en la vida, y quizá trabaje largas horas tan
solo para cubrir las necesidades esenciales. Numerosas personas viven
rodeadas de individuos que no respetan a nadie. Los jóvenes se enfrentan
a la presión de grupo que los incita a rebelarse contra maestros y
otras autoridades que no son populares. Muchos de ellos se dejan llevar
por la imagen presentada en la televisión de hijos que engañan a sus
padres y los dominan. Se requiere esfuerzo para que tales conceptos
carnales no menoscaben nuestra consideración por los demás. En cualquier
caso, cuando respetamos la dignidad ajena, se fomenta un ambiente que
facilita el intercambio de ideas.
Actitud respetuosa. Se
espera que la persona que participa en una obra de carácter religioso
vista y actúe de forma adecuada. La opinión sobre el decoro varía de un
sitio a otro. En algunos lugares se considera de mala educación
dirigirse a alguien sin quitarse el sombrero o saludarlo con una mano en
el bolsillo, mientras que en otros quizá sea aceptable. Tenga en cuenta
las costumbres locales a fin de no ofender a nadie, pues de ese modo
evitará obstáculos y podrá comunicar las buenas nuevas con más eficacia.
Lo mismo es aplicable a nuestra
manera de dirigirnos a los demás, especialmente a los mayores. Por lo
general se estima impertinente que los jóvenes llamen a los adultos por
su nombre de pila, a menos que se les haya permitido hacerlo. En ciertas
zonas ni siquiera está bien visto que los adultos se dirijan a los
extraños por su nombre de pila. Por otra parte, en muchos idiomas se
emplea una forma equivalente al pronombre español “usted”, o algún otro
recurso, como muestra de respeto a las personas mayores o a las que
ocupan puestos de autoridad.
Saludo respetuoso. En
las comunidades más pequeñas se espera que no se pase por alto a
aquellos a quienes se encuentra, sea por la calle o al entrar en una
sala. Quizá únicamente se requiera un saludo breve, una sonrisa, un
movimiento de cabeza o tan solo levantar las cejas. No hacerlo se
considera una falta de respeto.
No obstante, algunas personas quizá
sientan que las pasamos por alto aunque las saludemos. ¿Por qué? Porque
tal vez les parezca que no se las trata con dignidad. Por ejemplo,
no es raro que se catalogue a la gente en función de algún rasgo físico.
Con frecuencia se evita a los discapacitados y a los enfermos. Sin
embargo, la Palabra de Dios nos enseña a tratarlos con amor y respeto (Mat. 8:2, 3).
A todos nos ha afectado de una u otra manera la herencia del pecado de
Adán. ¿Sentiría usted que se le respeta si los demás siempre lo
identificaran por sus defectos? ¿No le gustaría más que se le
reconociera por sus muchas cualidades positivas?
El respeto también implica aceptar
la jefatura. En algunos lugares es necesario hablar al cabeza de familia
antes de dar testimonio a otros miembros del hogar. Aunque nuestra
comisión de predicar y enseñar procede de Jehová, reconocemos que Dios
ha encomendado a los padres la educación, disciplina y dirección de los
hijos (Efe. 6:1-4).
Por lo tanto, cuando llamamos a una casa, es conveniente hablar primero
con los padres antes de entablar una conversación extensa con los
hijos.
Con la edad se adquiere una experiencia en la vida que debe respetarse (Job 32:6, 7).
Admitir este hecho ayudó a una joven precursora de Sri Lanka que visitó
a un señor mayor. Al principio, este objetó: “¿Cómo puede una joven
como tú enseñarme la Biblia?”. Ella contestó: “Yo no he venido en
realidad a enseñarle, sino a transmitirle algo que aprendí, que me ha
hecho tan feliz, que sencillamente tengo que compartirlo con otras
personas”. La respuesta respetuosa de la precursora despertó el interés
de aquel hombre, quien preguntó: “Entonces dígame, ¿qué aprendió?”. “He
aprendido cómo puedo vivir para siempre”, dijo. Ese señor empezó a
estudiar la Biblia con los testigos de Jehová. No todas las personas de
edad expresarán su deseo de que se las trate con el mismo respeto, pero
la mayoría lo agradecerá.
Ahora bien, es posible llevar
demasiado lejos los formalismos. En las islas del Pacífico y en otras
partes del mundo, los Testigos usan por respeto las fórmulas de
tratamiento acostumbradas cuando hablan con el jefe de un poblado o de
una tribu. De ese modo les es posible hablar tanto con los jefes como
con la gente que está bajo su jurisdicción. Sin embargo, la adulación
ni es necesaria ni es propia (Pro. 29:5).
De igual modo, aunque en el vocabulario de un idioma figuren términos
honoríficos, el respeto cristiano no requiere el uso excesivo de estos.
Presentación respetuosa. La Biblia nos insta a explicar la razón de nuestra esperanza “con genio apacible y profundo respeto” (1 Ped. 3:15).
De modo que aunque percibamos enseguida los puntos débiles de las
opiniones de nuestro interlocutor, ¿es prudente rebatirlas de manera que
hiera su dignidad? ¿No sería mejor escuchar con paciencia, quizá
preguntarle por qué piensa de esa manera, tomar en consideración sus
sentimientos y razonar con él basándonos en las Escrituras?
No solo hay que demostrar tal
respeto cuando hablamos con otra persona, sino también al dirigirnos a
un auditorio desde la plataforma. El orador que respeta a sus oyentes
no los critica con dureza ni les da a entender que “si no hacen las
cosas es porque no quieren”. Hablar en ese tono solo puede desanimarlos.
Cuánto mejor es considerar al auditorio como un conjunto de personas
que aman a Jehová y quieren servirle. Al igual que Jesús, debemos ser
comprensivos cuando tratamos con los que están débiles en sentido
espiritual, con los que tienen menos experiencia o con aquellos a
quienes les toma más tiempo poner por obra los consejos bíblicos.
El auditorio sentirá que el orador
lo respeta si este se incluye entre quienes deben practicar más
plenamente lo que la Palabra de Dios dice. Por tanto, es prudente evitar
el uso constante de los pronombres personales “usted”, “ustedes” o “tú”
cuando señale la aplicación de los textos. Por ejemplo, observe la
diferencia entre la pregunta “¿Está usted haciendo todo lo que puede?” y
la afirmación “Cada uno de nosotros debería preguntarse: ‘¿Estoy
haciendo todo lo que puedo?’”. Las dos fórmulas son equivalentes, pero
la primera implica que el orador no se ha puesto al mismo nivel que el
auditorio. La segunda anima a todos, incluido el conferenciante, a
analizar sus propias circunstancias y motivos.
No caiga en la tentación de
recurrir a comentarios humorísticos solo para hacer reír a los oyentes.
Esta práctica le resta dignidad al mensaje bíblico. Es cierto que
debemos disfrutar de nuestro servicio a Dios, y puede que la información
asignada tenga algunos aspectos que hasta resulten cómicos. Sin
embargo, convertir asuntos serios en objeto de risa denota falta de
respeto tanto al auditorio como a Dios.
Que nuestros planteamientos, modales y palabras demuestren siempre que vemos a los demás como Jehová nos ha enseñado a verlos.
http://wol.jw.org/es/wol/d/r4/lp-s/1102001100
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